La sociedad argentina necesita que el proyecto Scaloni continúe

La continuidad de Lionel Scaloni y su cuerpo técnico trasciende al fútbol. Después de años de trabajo, construyeron una cultura basada en el respeto, la humildad y el mérito que la sociedad argentina necesita preservar.

Cada vez que se habla del futuro de Lionel Scaloni al frente de la Selección Argentina, la discusión suele quedar atrapada en el resultado deportivo. Se debate si podrá ganar otro Mundial, otra Copa América o si la próxima generación tendrá el mismo nivel que la actual. Son preguntas legítimas, pero tengo la sensación de que todas pasan por alto lo verdaderamente importante.

Porque el principal legado de Scaloni, Pablo Aimar, Walter Samuel, Roberto Ayala y el resto del cuerpo técnico no son las cuatro estrellas, ni las medallas, ni las vitrinas llenas de trofeos.

Lo verdaderamente importante es que construyeron una cultura.

Y las culturas son mucho más difíciles de construir que los equipos.

Un campeonato puede ganarse en un mes. Un Mundial puede definirse en noventa minutos. Pero una cultura de trabajo, de convivencia y de liderazgo necesita años para consolidarse. Necesita repetición. Necesita ejemplos. Necesita coherencia. Necesita que las personas vean una y otra vez que determinados comportamientos generan resultados.

Eso es exactamente lo que hizo este ciclo de la Selección Argentina.

Durante décadas el fútbol argentino convivió con la idea de que para triunfar había que ser agresivo, confrontativo o conflictivo. Incluso fuera del deporte, la sociedad comenzó a naturalizar modelos de liderazgo basados en el enfrentamiento permanente. Parecía que el respeto había pasado de moda y que la humildad era una desventaja competitiva.

Scaloni construyó algo completamente distinto.

Construyó un grupo donde las figuras respetan a los suplentes. Donde los jóvenes respetan a los experimentados y los experimentados acompañan a los jóvenes. Donde nadie parece obsesionado por los focos. Donde el mérito existe, pero sin humillaciones. Donde la autoridad se ejerce desde el ejemplo y no desde el miedo.

Puede parecer algo simple.

No lo es.

De hecho, es extraordinariamente difícil.

Porque cualquier organización, sea una empresa, una escuela, un club o un país, tiende naturalmente a reproducir los comportamientos de quienes la conducen. Cuando los líderes gritan, el resto grita. Cuando los líderes dividen, el resto se divide. Cuando los líderes actúan con soberbia, esa soberbia termina contaminando a toda la estructura.

Por el contrario, cuando los líderes muestran respeto, equilibrio y capacidad de escuchar, esos valores también comienzan a multiplicarse.

Eso es lo que ocurrió en la Selección.

Y eso es lo que me preocupa que muchos no estén viendo.

Porque las culturas tardan mucho tiempo en consolidarse, pero pueden destruirse muy rápido.

Cualquier persona que haya dirigido una organización lo sabe. Se necesitan años para construir confianza y apenas unos meses para perderla. Se necesitan miles de pequeños actos coherentes para instalar una forma de trabajar y apenas unas pocas decisiones equivocadas para desarmarla.

Por eso la continuidad de Scaloni debería analizarse desde una perspectiva mucho más profunda que la estrictamente deportiva.

No se trata solamente de evaluar resultados.

Se trata de preservar una cultura que demostró funcionar.

La historia argentina está llena de proyectos que fueron abandonados justo cuando comenzaban a dar frutos. Gobiernos, instituciones, empresas y organizaciones que confundieron éxito con permanencia y creyeron que los resultados podían sostenerse automáticamente aunque desaparecieran las personas que habían construido las bases.

La realidad suele demostrar lo contrario.

Los resultados son consecuencia de una cultura. No al revés.

Y si esta Selección ganó dos Copas América, una Finalissima y un Mundial, fue porque detrás existió una manera de trabajar que hizo posible esos logros.

Muchos observan a Scaloni y ven un entrenador exitoso.

Yo veo algo más importante.

Veo a una persona que logró instalar una forma de ejercer el liderazgo que la Argentina necesita desesperadamente recuperar.

Veo a un conductor que comparte méritos, que evita el protagonismo excesivo, que corrige sin humillar y que entiende que el éxito colectivo siempre vale más que el lucimiento individual.

Y veo un cuerpo técnico que funciona bajo exactamente los mismos principios.

Eso no ocurre por casualidad.

Es una decisión.

Es una construcción.

Es una cultura.

Por eso creo que el gran desafío no es simplemente que la Selección siga ganando.

El verdadero desafío es que el proyecto Scaloni perdure el tiempo suficiente para convertirse en una referencia permanente.

Porque los cambios culturales profundos nunca son inmediatos. Requieren años para echar raíces. Requieren tiempo para dejar de depender de las personas y transformarse en hábitos compartidos.

La Argentina necesita que eso ocurra.

Necesita que las nuevas generaciones de futbolistas crezcan dentro de esta lógica. Necesita que los chicos que hoy tienen diez o doce años naturalicen que el respeto es compatible con la excelencia. Que la humildad no impide competir. Que la autoridad no requiere maltrato. Que se puede llegar a la cima sin convertirse en una mala persona.

Si eso sucede, el legado de Scaloni será mucho más importante que cualquier copa.

Porque habrá logrado algo que muy pocos consiguen: dejar una forma de hacer las cosas que continúe existiendo incluso cuando él ya no esté.

Y esa clase de victorias son las que verdaderamente cambian una sociedad.