Cada 20 de junio la dirigencia argentina se llena la boca hablando de Manuel Belgrano.
Los funcionarios publican fotos junto a la bandera. Los discursos recuerdan al prócer. Las redes sociales se llenan de homenajes. Y los libertarios no son la excepción.
Sin embargo, detrás de la figura inofensiva del creador de la bandera se esconde una pregunta incómoda: ¿qué pensaría Belgrano de la Argentina que propone Javier Milei?
La respuesta probablemente no les gustaría escucharla.
Porque si hay algo que caracteriza al pensamiento de Manuel Belgrano es que se encuentra en las antípodas de buena parte de los principios que hoy defiende el Gobierno nacional.
Belgrano no fue solamente un militar.
Ni siquiera fue principalmente un militar.
Fue economista.
Fue intelectual.
Fue periodista.
Fue uno de los hombres más preparados de su tiempo y uno de los pocos que entendió que la independencia política carecía de sentido sin independencia económica.
Por eso resulta tan llamativo que algunos sectores intenten apropiarse de su legado sin detenerse demasiado en sus ideas.
Belgrano creía en el Estado.
Y no como un mal necesario.
Creía en un Estado activo, presente y promotor del desarrollo.
Mientras Javier Milei sostiene que el Estado es una organización criminal que destruye riqueza, Belgrano entendía que era una herramienta indispensable para construir una nación.
Mientras los libertarios consideran que el mercado debe asignar los recursos con la menor interferencia posible, Belgrano sostenía que el poder público tenía la obligación de orientar la economía hacia el bienestar general.
No es una interpretación.
Está escrito.
Lo dejó plasmado en numerosos documentos, memorias y artículos publicados durante su gestión en el Consulado de Comercio.
Belgrano defendía la producción nacional.
Promovía incentivos para la agricultura.
Impulsaba la industria manufacturera.
Reclamaba políticas para proteger el trabajo argentino.
Sostenía que las materias primas debían transformarse dentro del país para generar empleo y riqueza.
Dicho en términos actuales: era exactamente lo contrario a un fundamentalista del libre mercado.
Y allí aparece la primera gran contradicción.
La Argentina que imaginaba Belgrano no era un territorio abierto a cualquier flujo comercial sin considerar sus consecuencias productivas.
Era un país que agregaba valor.
Que industrializaba.
Que educaba.
Que desarrollaba tecnología.
Que fortalecía su tejido económico interno.
Belgrano entendía algo que dos siglos después sigue siendo cierto: las naciones no se hacen ricas exportando solamente recursos naturales.
Se hacen ricas cuando transforman esos recursos mediante conocimiento, trabajo y producción.
Tampoco habría coincidido demasiado con las ideas libertarias respecto de la educación.
Mucho antes de que existiera la escuela pública moderna, Belgrano insistía en que la educación debía ser una prioridad del Estado.
No la concebía como un servicio sujeto exclusivamente a la capacidad de pago de las familias.
La concebía como una inversión estratégica para el desarrollo nacional.
Incluso destinó premios económicos que recibió por sus campañas militares a la construcción de escuelas.
Un gesto que hoy parece casi revolucionario.
Mientras algunos discuten si el Estado debe financiar universidades o sostener sistemas educativos públicos, Belgrano probablemente estaría preguntando cómo es posible que semejante debate exista.
Porque para él la educación era la base misma de la libertad.
Y tampoco encontraría demasiados puntos de contacto con la lógica individualista que atraviesa gran parte del discurso libertario.
Belgrano pensaba en términos de comunidad.
De nación.
De proyecto colectivo.
No creía que el éxito individual fuera suficiente para construir una sociedad justa.
Entendía que existían responsabilidades compartidas y que el desarrollo debía alcanzar a todos los sectores del territorio.
Por eso también defendía el federalismo y cuestionaba las desigualdades entre Buenos Aires y las provincias.
Resulta curioso.
Muchos de quienes hoy reivindican a Belgrano probablemente considerarían “estatistas” varias de sus propuestas.
Otros lo acusarían de intervencionista.
Algunos incluso podrían calificarlo como un enemigo de las ideas de la libertad.
Nada más lejos de la realidad.
Belgrano era profundamente liberal.
Pero liberal en el sentido clásico del término.
Un hombre preocupado por la educación, la igualdad de oportunidades, el desarrollo humano y el progreso colectivo.
No por la destrucción del Estado.
No por la eliminación de toda regulación.
No por la idea de que el mercado resuelve por sí solo todos los problemas de una sociedad.
Por supuesto, nadie puede saber con certeza qué posición adoptaría frente a los desafíos del siglo XXI.
Sería absurdo afirmarlo.
Pero sí sabemos algo.
Sabemos qué escribió.
Sabemos qué defendió.
Sabemos qué propuso.
Y cuando se comparan esas ideas con buena parte del programa económico y filosófico que impulsa Javier Milei, las diferencias son evidentes.
Por eso Belgrano sigue siendo un prócer incómodo.
Porque detrás de la bandera aparece un pensador.
Y detrás del héroe militar aparece un desarrollista.
Uno que probablemente observaría con preocupación una Argentina que vuelve a discutir si la educación pública vale la pena, si la industria nacional merece ser defendida o si el Estado tiene algún papel en la construcción del desarrollo.
Quizás no desenfundaría el sable.
Pero seguramente desenfundaría algo igual de peligroso.
Sus ideas.




